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Tradición Cristiana

  • Posted on: 12 May 2017
  • By: Tradición Perenne

En Occidente, que hace veinte siglos que vive según los principios de la religión cristiana, no vamos a exponer sus dogmas. Trataremos solamente de esbozar los principales aspectos del esoterismo cristiano, sin abordar su modo espontáneo, místico y poético. Nos limitaremos a estudiar las principales organizaciones iniciáticas, cuya existencia está testimoniada sólo por pruebas indirectas, pero que gracias a circunstancias excepcionales se han podido sorprender.

 

Teniendo la filiación auténtica de la Tradición un valor decisivo, es necesario remontarse a la fuente de la predicación evangélica, pese a la oscuridad, sin lugar a dudas voluntaria, de que se mantiene rodeada. Entre los judíos piadosos que vivían en Palestina en los tiempos de Jesús, el testimonio de Flavio Josefo permite distinguir tres tipos de fieles: los saduceos, casta sacerdotal que interpretaba el Pentateuco literalmente, los fariseos, fieles a una Tradición oral de costumbre y finalmente Ios Esenios, unidos en una comunidad de tipo pitagórico y de una alta espiritualidad. Desde hacía tiempo se sospechaba que Jesús habla estado familiarizado con esta élite esenia. El reciente descubrimiento de casi seiscientos manuscritos del ler siglo en Qumrân conteniendo sus escrituras, transforma esta hipótesis en una casi certeza. Por estos textos sabemos que los Esenios formaban una congregación muy secreta. Se llamaban entre sí “hijos de la luz” y denominaban a su doctrina “la nueva alianza”. Llevaban vida de cenobitas en las riberas del mar Muerto en un convento del que se han encontrado vestigios. La comunidad comprendía una triple jerarquía de fieles, los postulantes, los novicios y los iniciados, a quienes estaba reservada, después de tres años de preparación, la revelación de una gnosis. El rito principal consistía en una comida sagrada, tomada en común, precedida de una purificación. No admitían mujeres, no utilizaban dinero y prestaban un juramento que garantizaba el secreto. El superior de ellos, un sacerdote de la tribu de Leví y del sacerdocio de Aarón, era llamado “Maestro de Justicia”. Uno de ellos, probablemente, fue ejecutado y condenado por orden del Sanedrín. Es fácil comprobar el paralelismo de estos caracteres y de estos episodios con los del Cristianismo naciente. El brusco silencio hecho sobre los Esenios a la venida de Cristo deja suponer que reclutó entre ellos a sus primeros fieles.

 

Sin embargo, la enseñanza de Cristo superaba grandemente el cuadro ritual del judaísmo, en el que los Esenios habían querido permanecer y que él había respetado. Por la fuerza de los hechos, sus fieles, una vez muerto, se alejaron insensiblemente del culto del templo, hasta el momento en que nació un nuevo exoterismo. Jesús se refería principalmente al sentido espiritual de las Escrituras como lo manifiestan numerosos pasajes de los Evangelios: “Que el que sea capaz de comprender... Que el que tenga oídos escuche... Diré cosas ocultas desde el comienzo del mundo”. La superación del orden social está claramente enunciada en la frase célebre: “Dad al César lo que es de César...”

 

Después de la pasión, la sociedad cristiana primitiva no se diferenciaba aún de la comunidad esenia. Las asambleas comprendían tres tipos de miembros, los oyentes, los catecúmenos (o competentes) y los bautizados. Los catecúmenos no eran admitidos al sacrificio eucarístico. Los candidatos al bautismo no recibían el sacramento hasta haber sufrido un examen. El hecho de que el bautismo y la confirmación no pudieran ser conferidos sino una sola vez abogaría por un carácter iniciático y permitiría hacerlos corresponder con el grado de los misterios menores, en tanto que el sacramento de la ordenación correspondería a los grandes misterios. Muchos otros indicios testimonian el esoterismo de la Nueva Alianza, y especialmente el hecho de que el sacramento de la comunión fuera conferido bajo las dos especies, aunque hoy las dos especies sean utilizadas entre los ortodoxos sólo para todos los fieles.

 

Otros rasgos de una enseñanza reservada se encuentran en las epístolas de San Pablo: “Yo os he dado leche y no alimento sólido... O cualquiera que sea alimentado sólo de leche no comprende nada de los discursos de la Sabiduría”. Los textos de los Santos Padres hacen alusión a una “verdad que no es permitido contemplar a los catecúmenos”. San Basilio habla con más claridad aún “de una Tradición tácita y mística mantenida hasta nosotros... de una instrucción secreta que nuestros padres han observado... ya que ellos habían aprendido cómo es necesario el silencio para mantener el respeto del misterio”. Poco después los escritos "dionisianos" hablan de un “secreto que nuestros maestros inspirados han transmitido a sus discípulos por un tipo de enseñanza espiritual y casi celeste. Los iniciados de espíritu a espíritu... no estando hecha la ciencia para todos”.

 

Pero, judía de origen, la nueva religión no podía extenderse en el mundo antiguo conocido si no era utilizando el vehículo de la lengua griega. Esta simbiosis con el helenismo decadente se realizó en Alejandría, primera capital moderna, punto de unión de tres culturas, la egipcia, la hebrea y la helénica. Fue allí en donde, sin duda, adquirió los principales elementos de su vocabulario y de su dialéctica. Por largo tiempo, los libros herméticos fueron considerados por los sabios como los monumentos auténticos de la teología egipcia, inspirados por Thot, dios egipcio de la sabiduría, asimilado al Henoch hebreo, al Hermes griego y al Verbo cristiano. Los libros de Hermes contenían pasajes sobre la contemplación dignos de Plotino. Clemente de Alejandría, luz de la Didascalia, que habla conocido los misterios antiguos antes de ser bautizado, usó la misma terminología para hablar de la iniciación crística: “He llegado a ser santo desde que he sido iniciado... El Señor es el hierofante... Él pone su sello al adepto. Estas son las orgías de nuestros misterios. Venid y recibidlas”.

 

Pero el Cristianismo no podía conservar este carácter esotérico más que manteniéndose oculto. Todo cambió cuando Constantino lo aceptó como la religión del imperio y trasladó su capital a Bizancio. Al surgir a la luz general, la nueva doctrina debió darse una base legal, sacando el derecho canónico del derecho romano. Los cuadros de la administración imperial fueron utilizados por la Iglesia. Esta socialización era fatal, puesto que Cristo no habla tenido en cuenta una aplicación práctica de su enseñanza que implicaba prescripciones inaplicables al "mundo" y que fue necesario aplicar como “consejos de perfección”.

 

Todo lo que en el origen era esotérico fue cubierto por un velo. Las parábolas se consideraron como simples moralidades. Las verdades interiores, poco comprensibles a los cerebros medios, se transformaron en misterios. Los sacramentos que conservaban su valor simbólico perdieron paulatinamente su carácter reservado. Al mismo tiempo la doctrina cristiana no pudo escapar a un desequilibrio que provenía de la confrontación de su alta espiritualidad, con las exigencias de la vida ordinaria. El camino de Cristo apareció como particularmente difícil para ser seguido exponiendo a los fieles a los riesgos de una hipocresía permanente, como lo comprobó Kierkegaard cuando declaró el Cristianismo “no vivible”.

 

Pero la razón exigía su parte; se apoderó de la filosofía griega y creó la escolástica con su culminación, el racionalismo cartesiano. Las aspiraciones del espíritu, fueron satisfechas al mismo tiempo por la iniciación sacerdotal, la espiritualidad monástica o las numerosas organizaciones iniciáticas herméticas, artesanales o caballerescas que aparecieron en Occidente.

 

Durante ese tiempo, la Tradición cristiana oriental, que no conoció la escolástica, ni la Reforma, mantuvo, por su lado, la cadena de una espiritualidad de la que es testimonio la brillante sucesión de los padres griegos. Ésta parece haber desarrollado el método más que la doctrina. En efecto, si la metafísica de una doctrina se mantiene teóricamente, el método psíquico y práctico, que es su doble, realiza necesariamente sus virtudes por el poder de sus ritos.