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Tradición Hindú

  • Posted on: 12 May 2017
  • By: Tradición Perenne

La doctrina hindú se basa sobre los Vedas, conjunto de escrituras sagradas muy antiguas, redactadas en versos sánscritos por sabios legendarios, los Rishis, que las habían "escuchado". Para los indios, los Vedas no son de origen humano y su carácter de eternidad, de anterioridad al mundo, se basa sobre la primordialidad del sonido como cualidad cósmica, siendo la vibración sonora creadora de la revelación al mismo tiempo que del mundo. Los himnos y los relatos de los Vedas cuentan el nacimiento de este mundo bajo la forma teogónica, de luchas entre los dioses y los titanes, es decir, entre fuerzas antagonistas que representan los estados anterior y posterior, superior e inferior del cosmos. Es ésta una manera de explicar la aparición de la dualidad, en el seno de lo Infinito y por ello de la multiplicidad natural. Ello se manifiesta bajo el aspecto de un equilibrio siempre provisorio entre los fenómenos antagónicos que son metamorfosis de lo idéntico por asimilación o transformación. Lo infinito es dividido, absorbido y llega a ser alimento. Esta absorción mutua aparece según los planos, bajo la forma de dilatación o de contracción, de nacimiento o de muerte. Dios crea al hombre, y lo destruye. El hombre absorbe a su Dios y lo manifiesta. El sacrificio del dios es creación, el del hombre es acción. El hecho de consumar y de consumir es la sola permanencia formal. Como no hay sacrificio sin oficiante y sin víctima, cada uno es alternativamente sacrificador y holocausto, Agni y Soma, fuego y ofrenda. Los adoradores de Vishnú se relacionan con el aspecto conservador del sacrificio, los de Shiva con su aspecto transformador. Pero de grado o por fuerza, todos participamos de un sacrificio continuo que es el de la vida. Esta idea de sacrificio es central en la doctrina de los Vedas y, por consiguiente, en el Hinduísmo.

Esta transformación incesante, que se realiza en las cosas, hace de ellas una ilusión que los indios llaman mâyâ y que define la fantasmagoría de la naturaleza cuya energía oculta está representada por el aspecto femenino de cada dios, su Shakti. La mâyâ llega a ser el símbolo de una realidad oculta, no es error, sino apariencia, verdad parcial y provisoria. Nosotros todos estamos engañados por mâyâ, que corresponde a las metamorfosis inagotables de la naturaleza.

 

En los Vedas todo se relaciona con el Principio Supremo. Este Principio divino puede ser considerado bajo un aspecto personal, o impersonal. Como impersonal se llama Brahma, como personal Ishwara. Brahma está más allá  de toda concepción, pero se manifiesta por sus energías; las shakti y sus paredros, los innumerables dioses del politeísmo hindú. Se dice en la India que los dioses son 333 millones, número altamente simbólico. El ideal hindú sería que cada individuo tuviera su dios. Esto es igual en todas partes, pues la concepción que cada cual tiene de ello es irreductible a toda otra. Estos son por lo tanto, múltiples, desde los ídolos más naturalistas hasta los simples grafismos no figurativos, los yantras geométricos. La divinidad se muestra tanto en un animal, una flor, un fruto, como en las oraciones, los mantras, cada uno de los cuales recuerda un determinado aspecto divino. La multiplicidad misma de estas relaciones, que hace más fácil el politeísmo, da una idea tanto más exacta e imponente del misterio.

 

Este politeísmo aparente no impide al fiel más advertido elevarse de la multiplicidad a la unidad o mejor a la no-dualidad, lo que significa no lo único, sino lo idéntico. En efecto, el esoterismo se manifiesta en la India a plena luz, en el sentido de que existe una continuidad insensible entre lo exterior y lo interior, lo aparente y lo oculto, la más vulgar superstición y la más alta metafísica.

 

Sin embargo, aunque el Hinduísmo no implica una Iglesia oficial ni una autoridad eclesiástica, lo que quizás no es una absoluta ventaja en una época tan turbada como la nuestra, la Tradición es en él tan poderosa que ha conseguido rechazar en todo momento las “herejías” más graves, particularmente las que emanaban de los hindúes modernistas. Ciertamente si el indio aparece ante nuestros ojos como tolerante, es porque su anhelo de rigor es tal que no tiene necesidad de seguir protegido y que no deja el menor punto sensible. Y si no concibe el proselitismo, ni la conversión, es porque a sus ojos cada uno debe aceptar su ley de origen, su dharma, que consideraría inconcebible y hasta impío querer rechazar. Esta conversión sería, además, inútil, puesto que todos los aspectos divinos son legítimos y no existen "dioses falsos".

 

Para aproximarse a la Presencia Invisible y escapar a la ilusión de mâyâ, estima el hindú que nada supera a la gnosis, el conocimiento de la doctrina. Puesto que la acción no se opone a la ignorancia, sólo el conocimiento puede disiparla por el estudio de los Vedas. Los Vedas se dividen en cuatro grupos de libros, de los que el principal es el Rig-Vêda compuesto de un millar de himnos rituales, seguidos de prosas meditativas llamadas brahmanas y de notas fragmentarias de una enseñanza esotérica llamadas Upanishads. Las 108 principales Upanishads expresan la quinta esencia de los Vedas y de la sabiduría hindú. Los Vedas han dado posteriormente nacimiento a seis cuerpos de doctrinas llamadas darshanas o puntos de vista. Entre estos darshanas, dos interesan especialmente al esoterismo: el Vedanta (o fin del Veda) y el Yoga. El Vedanta, que está basado sobre las Upanishads, presenta tal concisión que ha recibido los mayores comentarios de los más importantes sabios indios, dos de los cuales son famosos, los de Shankarâchârya, de tendencia shivaíta y los de Ramanûja, de tendencia vishnuita.

 

Las Upanishads y sus comentarios enseñan tanto como lo permiten las palabras, el objeto supremo del conocimiento, la realización personal inseparable de la teoría que es su guía. En efecto, el hindú jamás separa la doctrina del método. Los escritos sagrados se declaran a sí mismos sin valor ante la experiencia de la que sólo son el preludio. Para esta realización es necesario “rechazar las preocupaciones del mundo, el cuerpo y sus servidumbres e incluso las escrituras”. En los textos sagrados se afirma claramente el principio de no-dualidad que domina al pensamiento hindú y para el que los términos de monismo y monoteísmo corresponden sólo imperfectamente. Para traducir el vértigo de identidad que impone, como un palacio de espejos, sería mejor emplear la expresión no-contradicción, o sea, de equivalencia. Todo es Atmà, y este Atmâ (que es Espíritu) es el Sí-Mismo, tal es el motivo conductor de la doctrina. El yoga describe los medios que permiten concluir en la unión (yoga) y el éxtasis (samadhi). Los diversos tipos de yoga se distinguen por los grados de realización que facilitan. Se conocen cuatro tipos y ocho miembros, de los que cada uno utiliza un elemento, una facultad, el cuerpo, lo mental, lo psíquico o el intelecto, aunque todos actúen en todos los casos. El yogui adquiere sucesivamente la pureza, la fuerza de alma, la paz de lo elemental, la ligereza del cuerpo y la concentración del espíritu. Uno de los más poderosos medios es el dominio de la respiración por la recitación de los mantras, destinada a despertar la fuerza, que, en el hombre, corresponde a la potencia cósmica de la Shakti, de la Madre Divina, llegada a ser en la India moderna la gran diosa del Hinduísmo tántrico y popular. La práctica de esta realización exige la presencia de un maestro, de un gurú, en quien se encarna la sabiduría. En efecto, la escritura ha dicho: "Un padre puede enseñar lo que es la inmensidad infinita a su primogénito o a un discípulo dotado, pero no a otro".

 

El culto de Shiva es seguido por los iniciados en los períodos de oscurecimiento. Los textos que corresponden a ellos, los Tantras son muy secretos y escasamente publicados. El cuerpo del hombre es considerado como el cáliz del sacrificio. El capital de fuerza que el profano desperdicia insensatamente, el yogui se ejercita en transmutarlo en potencia espiritual, en absorberlo del interior y hacerlo recaer sobre él como un rosado beneficio que hace de él un ser regenerado, llegando a ser señor de sus actos y deseos. Alcanza el samadhi y llega a ser un jivan-mukta, un liberado vivo. “Toda la naturaleza ha llegado a ser su yo. Puede contemplar al Sí-Mismo dentro de sí mismo”.