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Tradición Islámica

  • Posted on: 14 May 2017
  • By: Tradición Perenne

El Islam, tercera rama nacida tardíamente del tronco de Abraham, a cuya doctrina ha querido restituir su pureza, constituye la última revelación importante que ha conocido nuestro mundo y cree superar a los dos monoteísmos anteriores, Judaísmo y Cristianismo, afirmando su monoteísmo en forma sin igual. Para el musulmán Dios es un creador permanente, sin intermediarios, ni causas segundas, cuyos Nombres sólo son atributos desde el punto de vista de la manifestación. El Islam es la doctrina de la Unidad (Tawhid) y de la trascendencia. Como lo declara la Sura de lo Absoluto: “Él, Ala es uno. Ni engendra ni es engendrado. Es sin igual”. Porque pone el acento sobre la Unidad del Principio, el Islam es esotérico en muy alto grado. No sólo dice al hombre lo que debe hacer, como la Torá judía o los Evangelios, sino también lo que es. Y si el Judaísmo es una vía de acción y el Cristianismo un camino de amor activo, el Islam es una vía de conocimiento, de equilibrio, cuya certeza adquiere sobre el plano práctico la forma de la intolerancia. El Testimonio (shahâdah) de tal certeza se expresa en la fórmula: “No existe Divinidad fuera de la Divinidad”, la que es suficiente pronunciar para ser Musulmán. Hay en este sentido un Islam natural, en efecto, todo hombre es en realidad un muslim (sometido) a la Ley Universal, a la voluntad divina, la reconozca o no. Este primer enunciado del Testimonio es una sencilla comprobación de hecho. El hombre experimenta una dependencia y, por lo tanto, una trascendencia que se impone a todo hombre lúcido.

La segunda parte del Testimonio: “...Y Mahoma es el profeta de Alá”, afirma la misión de Mahoma como enviado de Dios y acepta la revelación del Corán. Igual que el judaísmo, la revelación islámica se relaciona con el simbolismo del libro. El Universo es un libro cuyas letras son los elementos del cosmos. Según el Corán, palabra que significa la Lectura, el Profeta ha instituido los cinco pilares de la fe, el testimonio, el ayuno anual del Ramadán, la oración canónica repetida cinco veces al día, el diezmo anual y la peregrinación una vez en la vida. La significación profunda de estas prescripciones se descubre con facilidad si se ponen en práctica radicalmente. El ayuno prolongado conduce a la muerte al mundo, la oración prolongada, a la santidad, el diezmo repetido hasta el agotamiento, lleva a la pobreza espiritual y la peregrinación estabilizada en estado definitivo, se asimila a la unión.

De estos cinco elementos, la oración es el rito más continuo. Como lo ha dicho un espiritual: “La plegaria es un río que pasa ante mi puerta y en el que me purifico cinco veces al día”. Debe ser dirigida por el corazón y esta intención obligatoria es simbolizada por la orientación hacia La Meca (qiblah), que es una condición para su validez. La fórmula inicial de toda oración es la invocación con la que comienza la primera Sura del Corán, la Fatîha (la que abre): “En el nombre del Dios Clemente y Misericordioso...”

Además, se dice que la Fatîha contiene en sustancia a todo el Corán, que la fórmula recitada contiene a toda la Fatîha y que la fórmula está incluso contenida en la letra bâ con que comienza la invocación Bismi Allahi (en el nombre de Alá). La letra bâ se reabsorbe a sí misma en su punto diacrítico, de manera que algunos espirituales han podido compararse en el estado de unión al punto bajo la bâ.

La doctrina islámica señala una separación muy neta, como sucede con todas las religiones originadas en Abraham, entre la gran senda de la religión, la shari’ah, es decir, el exoterismo, y la verdad interior, la haqîqah, reservada a los iniciados. La shari’ah comprende, además de lo que nosotros consideramos religioso, todo lo que atañe a lo social y legislativo, puesto que en el Islam se asimilan a la religión. La shari'ah es por lo tanto una regla general de acción. La haqiqah es el conocimiento puro cuya aproximación es facilitada por los diversos senderos (tarîqah) de las fraternidades iniciáticas. La shari'ah se apoya sobre la fe, cuya base está en el corazón, y sobre la sumisión (Islam) que envuelve a todo el ser. La haqîqah progresa gracias a la virtud que es el medio de la vía metafísica (tarîqah), vía esotérica del conocimiento interior.

Este esoterismo no es reciente como se ha pretendido. Deriva directamente de la enseñanza del Profeta y toda tarîqah auténtica posee una cadena que hasta él remonta. En efecto, Mahoma realizaba retiros en la gruta del monte Hira, durante el mes de Ramadán en los años que precedieron a la primera revelación coránica, costumbre que después continuó en la mezquita de Medina. Hay prácticamente unas cuarenta turuq cuyos miembros se denominan murid (discípulo), faqir (pobre) y cuyos maestros espirituales, a quienes su vida y su fama han santificado, reciben el nombre de sufíes (puros). Los primeros sufíes se agruparon en cofradías en Basora y Koufa en los siglos VIII y IX. Entre ellos es obligación nombrar a Hakim Timirdhi y Hasan Baçri. Por la mitad del siglo IX, Djunaïd escribió una teoría del sufismo. Con Bistami, héroe legendario del sufismo persa, la espiritualidad se combinó con el simbolismo poético y su más ilustre representante es Djelal ed-din Rumî. El más importante de los maestros del esoterismo árabe, Mohyid-din ibn’Arabí, es el promotor de la más alta metafísica en sus obras, Las Perlas de la Sabiduría y Las Revelaciones de la Meca. En este desarrollo no debe omitirse el importante lugar adquirido por el Islam iranio o Shiísmo (palabra que designa al grupo de los partidarios de Alí, primo y yerno del Profeta). Esta corriente espiritual, además se escindió en dos grupos en el siglo VIII, el imamismo y el ismaelismo. Han formado parte del Shiísmo célebres sufíes, tales como Semnaní en el siglo XIV y Amolí, discípulo doctrinal del sunnita Ibn’Arabí.

La simplicidad aparente del dogma coránico facilita las interpretaciones más profundas. Pero es necesario saberlas interpretar correctamente, relacionarse con una cadena iniciática (silsilah) y con un maestro, del que se haya recibido la bendición. El estudio previo de la doctrina permite su superación por la intuición superior, ayudada por la práctica de las virtudes que los sufíes identifican con los grados de la espiritualidad. Su jerarquía es uno de los aspectos más válidos y más aparentes de la realización, bien estén todos contenidos en la pobreza espiritual o en la sinceridad que no existe sin un verdadero desapego. Los diferentes grados de la perfección se clasifican en estados pasajeros (hâl) y estaciones definitivas (maqâm). Todos pueden colocarse bajo el vocablo del dhikr o del recuerdo de Dios. El medio de este recuerdo es la invocación del nombre divino, que se justifica por la famosa fórmula: “Adora a Dios como si lo vieras, pues si no lo ves, Él te ve a ti”. La recitación del Corán, la letanía de los 99 Nombres Divinos, preparadas por el ayuno y el retiro, son medios poderosos de aproximación. Uno de los métodos más originales, es el acuerdo espiritual o danza sagrada (sama), practicada por los Derviches, ya que si la poesía y la música son prohibidas por la shari'ah, por el contrario son usadas por los sufíes, sobre todo en las cofradías persas.

El fruto de la vocación esotérica es la obtención de la Gran Paz, (Es-Sakînah), que es al mismo tiempo la Presencia Divina, en el centro del ser y uno de los más válidos criterios de la unión. Pero como según la espiritualidad de los sufíes, la esencia Divina no se descubre al iniciado sino bajo la forma de una revelación propia, no puede percibir en el espejo divino sino a su propio espíritu. La Esencia invisible se encuentra siempre más allá del espejo y más allá del dualismo, del que no se puede escapar sobre la tierra. Por esta razón el Sabio ha aconsejado que no se desespere, que no persiga lo imposible, adhiriéndose al método en lugar de solamente avizorar el fin. “No fatigues tu alma por superar este grado”.

La Gran Paz es llamada también simplicidad, el estado de infancia o pobreza, que en la senda de la unión conducen al estado último de la extinción del yo. Esta separación inspira a algunos espirituales un desprecio del mundo que reviste la forma de un no-conformismo humorístico. Éste toma una forma sistemática en la escuela Haldoun-al-Qaccâr, la de los Malâmatiyah. El olvido de sí impulsa a no tomar nada en serio, pero hay en ello una actitud peligrosa en cuanto al plano exotérico, frente a los representantes oficiales de la shari’ah. La paradoja puede conducir al martirio como se comprueba en el al-Hâllaj quien decía de Dios: “Pretender conocerle es ignorancia; persistir en servirlo, irrespetuosidad; prohibirse combatirlo, locura; dejarse engañar por su paz, tontería; discurrir sobre sus atributos, divagación”. Acentuar las contradicciones humanas que se agotan en expresar la unidad divina puede conducir a los discípulos poco dotados a extraviarse en el ateísmo. Más todavía la salida de sí mismo y la afirmación de la identidad llevan al fervoroso de Dios a gritar: “Yo soy la Verdad (anna-al-Haqq)”, blasfemia religiosa que condujo a alI-Hallaj al suplicio. Siendo de todas maneras el escollo el de la idolatría, que consiste en tomar la apariencia por la esencia, la aproximación por la llegada, la verdad parcial por la absoluta, o una estación provisoria por el fin, es concebible que Bistami haya osado decir que “la gente más separada de Dios son los ascetas por su ascesis, los devotos por su devoción, los sabios por su ciencia”; si no se precisa que estos ascetas, estos devotos, estos sabios, sólo tienen de ello la apariencia, puesto que la ciencia no es, sino un medio bueno o malo, la ascesis una disciplina sin virtud en sí, la devoción un camino sin objeto si se limita a sí misma.

La más espléndida fórmula, la de la unidad, ha sido dada bajo una forma práctica por el gran Mohyid ed-din ibn’Arabí cuando dijo: “Mi corazón puede adquirir todas las formas. Es el Monasterio del cristiano, el templo de los ídolos, la pradera de las gacelas, la Ka’ba del peregrino, las tablas de la Ley mosaica; el Corán de los fieles. Amor es mi credo y mi fe”.
 Luc Benoist