Masonería Operativa

  • Posted on: 14 May 2017
  • By: Tradición Perenne

Un artículo de M. Armand Bédarride aparecido en el Simbolismo de mayo de 1929, y al cual ya hemos hecho alusión en nuestra crónica de las revistas, nos parece susceptible de dar lugar a algunas reflexiones útiles. Este artículo, titulado Las Ideas de nuestros Precursores, concierne a las corporaciones de la Edad Media consideradas como habiendo transmitido algo de su espíritu y de sus tradiciones a la Masonería moderna.

Haremos observar en primer lugar, a este propósito, que la distinción entre «Masonería operativa» y «especulativa» nos parece que debe ser tomada en muy distinto sentido del que se le atribuye de ordinario. En efecto, uno se imagina con frecuencia que los «Masones operativos» no eran más que simples obreros o artesanos, y nada más ni otra cosa, y que el simbolismo con las significaciones más o menos profundas no habría venido sino bastante tardíamente, y ello, a consecuencia de la introducción, en las organizaciones corporativas, de personas extrañas al arte de construir. Tal no es por lo demás la opinión del señor Bédarride, quien cita un enorme número de ejemplos, concretamente en los monumentos religiosos, de figuras cuyo carácter simbólico es incontestable; habla en particular de las dos columnas de la catedral de Würtzbourg «que prueban, dice, que los Masones constructores del siglo XIV practicaban un simbolismo filosófico», hecho que es exacto, a condición, no hay que decirlo, de entenderlo en el sentido de «filosofía hermética», y no, en la acepción corriente en que no se trataría más que de «filosofía profana», la cual, por lo demás jamás ha hecho el menor uso de un simbolismo cualquiera. Se podrían multiplicar los ejemplos indefinidamente; el plan mismo de las catedrales es eminentemente simbólico, como ya lo hemos hecho observar en otras ocasiones; y es menester añadir también que, entre los símbolos usados en la Edad Media, además de aquellos de los que los masones han conservado el recuerdo aún no comprendiendo apenas la significación de los mismos, hay muchos otros de los que ni siquiera tienen la menor idea[1].

Es menester a nuestra opinión, tomar en cierto modo el contrapie a la opinión corriente, y considerar la «Masonería especulativa» como no siendo sino una degeneración de la «Masonería operativa». Esta última, en efecto, era verdaderamente completa en su orden, ya que poseía a la vez la teoría y la práctica correspondientes, y su designación puede, desde esta relación, ser entendida como una alusión a las «operaciones» del «arte sagrado», del que la construcción según las reglas tradicionales era una de las aplicaciones. En cuanto a la «Masonería especulativa», la que por lo demás, ha tomado nacimiento, en un momento en que las corporaciones constructivas estaban en plena decadencia, su nombre indica con bastante claridad que la misma está confinada a la «especulación» pura y simple, es decir, a una teoría sin realización; seguramente que sería equivocarse, de la más extraña manera, mirarla como un «progreso». Si todavía no hubiera habido ahí más que una disminución, el mal no sería tan grande como lo es en realidad; pero, como ya lo hemos dicho en diversas ocasiones, hubo además una verdadera desviación a comienzos del siglo XVIII, cuando la constitución de la Gran Logia de Inglaterra que fue el punto de partida de toda la Masonería moderna. No insistiremos más en ello por el momento, pero hemos de observar que si se quiere comprender verdaderamente el espíritu de los constructores de la Edad Media, estas observaciones son enteramente esenciales; de otra manera, uno no se haría de ello más que una falsa idea o al menos demasiado incompleta.

Otra idea que importa no menos rectificar, es aquella según la cual el empleo de las formas simbólicas habría sido simplemente impuesto por razones de prudencia. Que estas razones hayan existido a veces, no lo contestamos un punto, pero no es ese sino el lado más exterior y el menos interesante de la cuestión; lo hemos dicho a propósito de Dante y de los «Fieles de Amor»[2] y podemos repetirlo en lo que concierne a las corporaciones de constructores, tanto más cuanto que ha debido haber lazos bastante estrechos entre todas estas organizaciones, de carácter en apariencia tan diferente, siendo que todas participaban en los mismos conocimientos tradicionales[3]. Ahora bien, el simbolismo es precisamente el modo de expresión normal de los conocimientos de este orden; es ésta su verdadera razón de ser, y eso en todos los tiempos y en todos los países, incluso en los casos en los que no había lugar a disimular lo que fuere, y ello, simplemente porque hay cosas que, por su naturaleza misma, no pueden expresarse de otra manera que bajo esta forma.

La equivocación que se comete con demasiada frecuencia a este respecto, y de la que encontramos hasta cierto punto el eco en el artículo de M. Bédarride, nos parece tener dos motivos principales, de los cuales el primero es que, generalmente, se concibe bastante mal lo que era el catolicismo en la Edad Media. Sería menester no olvidar que, como hay un esoterismo musulmán, había también en aquella época un esoterismo católico, queremos decir un esoterismo que tomaba su base y su punto de apoyo en los símbolos y en los ritos de la religión católica, y que se superponía a ésta sin oponérsele de ninguna manera; y no es dudoso que algunas órdenes religiosas estuvieran muy lejos de ser extrañas a ese esoterismo. Si la tendencia de la mayoría de los católicos actuales es la de negar la existencia de estas cosas, eso prueba solamente que no están mejor informados a este respecto que el resto de nuestros contemporáneos.

El segundo motivo del error que señalamos, es que uno se imagina que lo que se oculta bajo los símbolos, son casi únicamente concepciones sociales o políticas[4]; se trata de muy distinta cosa que eso en realidad. Las concepciones de este orden no podían tener, a los ojos de quienes posean algunos conocimientos, más que una importancia muy secundaria, la de una aplicación posible entre muchas otras; añadiremos incluso que, en todas partes donde las concepciones en cuestión han llegado a tomar un muy amplio lugar y a devenir predominantes, las mismas han sido invariablemente una causa de degeneración y de desviación[5]. ¿No está ahí, precisamente, lo que ha hecho perder a la Masonería moderna la comprensión de todo lo que conserva todavía del antiguo simbolismo y de las tradiciones, de las cuales, a pesar de todas sus insuficiencias, parece ser, es menester decirlo, la única heredera en el mundo occidental actual? Si alguien nos objeta, como prueba de las preocupaciones sociales de los constructores, las figuras satíricas y más o menos licenciosas que se encuentran a veces en sus obras, la respuesta es bien simple: esas figuras están sobre todo destinadas a extraviar a los profanos, que se detienen en la apariencia exterior y no ven  lo que las mismas disimulan de más profundo. Hay algo ahí que está por lo demás muy lejos de ser particular a los constructores; ciertos escritores, como ejemplo, Boccacio, Rabelais sobre todo, y muchos otros todavía, han tomado la misma máscara y usado el mismo procedimiento. Es menester creer que esta estratagema ha acertado plenamente, ya que, en nuestros días todavía, y sin duda más que nunca, los profanos se dejan atrapar en ella.

Si se quiere ir al fondo de las cosas, es menester ver en el simbolismo de los constructores la expresión de ciertas ciencias tradicionales, que se vinculan a lo que se puede designar, de una forma general, por el nombre de «hermetismo». Solamente que sería menester no creer, porque hablamos aquí de «ciencias», que se trata de algo comparable a la ciencia profana, la única condición de casi todos los modernos; parece que una asimilación de este género se haya hecho en el espíritu de M. Bédarride, quien habla de «la forma cambiante de los conocimientos positivos de la ciencia», lo que se aplica propia y exclusivamente a la ciencia profana, y quien, tomando al pie de la letra imágenes puramente simbólicas, cree descubrir en ellas ideas «evolucionistas» e incluso «transformistas», ideas que están en contradicción absoluta con todo dato tradicional. Hemos desarrollado largamente, en muchas de nuestras obras, la distinción esencial de la ciencia sagrada o tradicional y de la ciencia profana; no podemos pensar en reproducir aquí todas esas consideraciones, pero al menos hemos juzgado bueno atraer la atención una vez más sobre este punto capital.

No añadiremos más que algunas palabras para concluir: no es sin razón que Janus, entre los romanos, fuera a la vez, el dios de la iniciación a los misterios y el dios de las corporaciones de artesanos; no es sin razón tampoco que los constructores de la Edad Media conservaran las dos fiestas solsticiales de este mismo Janus, devenidas, con el cristianismo, los dos San Juan de invierno y de verano; y, cuando se conoce la conexión de San Juan con el lado esotérico del cristianismo, ¿no se ve inmediatamente por ahí que, bajo una u otra adaptación requerida por las circunstancias y por las «leyes cíclicas», es siempre de la misma iniciación a los misterios de lo que se trata efectivamente?

Rene Guenon


[1] Hemos tenido últimamente la ocasión de relevar, en la catedral de Estrasburgo y en otros edificios de la Alsacia, un enorme número de marcas de talladores de piedras, que datan de épocas diversas; desde el siglo XII hasta principios del siglo XVII; entre estas marcas, las hay muy curiosas, y hemos encontrado concretamente el swastika, al cual M. Bédarride hace alusión, en una de las torrecillas de la flecha de Estrasburgo.

[2] Ver el Velo de Isis de febrero de 1929. (Este artículo forma ahora el capítulo IV de Apercepciones sobre el Esoterismo cristiano).

[3] Los Compañeros del «Rito de Salomón» han conservado hasta nuestros días el recuerdo de su conexión con la Orden del Temple.

[4] Esta manera de ver es en gran parte la de Aroux y de Rossetti, en lo que concierne a la interpretación de Dante, y se encuentra también en muchos pasajes de la Historia de la Magia de Eliphas Lévi.

[5] El ejemplo de ciertas organizaciones musulmanas, en las cuales las preocupaciones políticas han ahogado en cierto modo la espiritualidad original, es muy claro a este respecto.