Rudimentum Alchimiae

  • Posted on: 26 September 2017
  • By: Juan Pablo Benito

Así pues, amigo que debutas y que ya te sientes apasionado por la alquimia, has de dedicarte a buscar literatura para extraer de ella el saber del que estás ávido; así encontrarás en otros autores lo que yo he creído que no debía repetir. No todas las obras que hablan de alquimia son recomendables, y las hay incluso muy malas, especialmente entre las modernas.

 

Te hará falta, pues, algún discernimiento a la hora de elegir. Debes saber que la facultad de distinguir lo bueno de lo malo te será concedida por la vocación, cuya primera gracia es esa facultad. Si no posees ese don, más te vale renunciar a estudios que no te llevarán a ninguna parte porque no has sido llamado a ellos. Pero si sólo te dedicas como diletante, no temas, porque siempre se saca algún provecho de la lectura de los sabios; de todas formas, has de tener conciencia en todo momento de que sería una lástima transformar por completo tu vida para acabar sumido en la miseria y, peor aún, desprovisto de consuelo filosófico.

Si quieres consagrar tu vida a la ciencia y convertirte en un hijo del arte, no deberás establecer una comparación entre la alquimia y la ciencia moderna. Si existe alguna analogía que se pueda extraer de ese peligroso parentesco, no sacarás provecho de ella hasta el día en que poseas el saber práctico suficiente para poder realizar el acercamiento sin riesgo de perderte.

 

Intenta mantener el espíritu libre de toda posible influencia nefasta y no leas nada que no lleve el sello de la Obra: rechaza a los Kant, Jung y tutti quanti en provecho de Platón, Rabelais y otros sabios. Así formaras, poco a poco, tu pensamiento sobre el árbol de nuestra filosofía, y podrás recoger sus frutos cuando llegues a la madurez.

 

Con mucha frecuencia el debutante se siente inclinado a mostrarse demasiado sutil en sus interpretaciones, y algunas veces, las menos, a no serlo suficientemente. No es fácil saber adecuar la letra y el espíritu, sobre todo cuando falta la práctica. En consecuencia, guárdate de renegar demasiado de la primera o exaltar el segundo más de lo preciso. La armonía necesaria entre ambos se desarrollará poco a poco, en relación con tus progresos en nuestra ciencia.

 

Tu primera preocupación será familiarizarte con los autores clásicos, empezando por Fulcanelli y Eugène Canseliet. Una vez pasado el asombro, y depués de sobrevolar los múltiples enigmas, te aplicarás pacientemente al estudio del símbolo. Debes recordar entonces que éste no tiene un sentido preciso si no es en relación con el contexto en que se encuentra, y que no puede tener una definición definitiva. Dos ejemplos, el primero vulgar y el segundo filosófico: si colocas una señal de prohibición de estacionar en un pueblo de primitivos, para ellos será un misterio y todas las interpretaciones que puedan ofrecer serán falsas, por más sabios que se muestren en la explicación de los símbolos de su propia religión. El otro ejemplo: en tu estudio no tardarás en comprender que la pañabra mercurio designa a un cuerpo volátil; ahora bien, ese término puede muy bien aplicarse a una sustancia fija, ya sea porque cuando la observemos haya sido enfriada, o porque la examinemos después de haber sido cocida con el azufre, que tiene la propiedad de cortarle las alas incluso en estado de simple amalgama divisible. En consecuencia, te ejercitarás en no extraer el símbolo de su contexto.

 

A medida que pasen los años, conseguirás adquirir una base teórica simple, que te permitirá acceder a la práctica. Por ejemplo, sabrás reducir la multitud de símbolos a cuatro elementos, tres principios, dos naturalezas. A partir de todo ello comprenderás que existe una estrecha analogía entre el fuego y la tierra, lo cual deducirás de la flagrante similitud entre el aire y el agua; la práctica te lo confirmará.

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